Crónica

LAS HERMANAS SEAN UNIDAS

Estoy en el San Martín, en el estreno de Cae la Noche Tropical. Dirigida por Pablo Messiez, está basada, por supuesto, en la obra homónima de ese genio literario que fue Manuel Puig autor entre otras de El beso de la Mujer Araña y Boquitas Pintadas con los protagónicos de Leonor Manso e Ingrid Pelicori.

Cae la noche Tropical

de Manuel Puig

por Yako

Cae la noche Tropical

En mi mente vaga el recuerdo de aquella única vez en que leí la novela. Estaba en primer año – sino en el curso de ingreso – de la carrera de cine y Cae la noche tropical era de lectura obligatoria. No habré tenido más de 20 años y seguramente esa novela fue una de mis primeras aproximaciones serias a la escritura de los grandes autores. Recuerdo que cuando la leí no me gustó. No es que no me gustó, me corrijo, recuerdo que no le encontraba sentido a estar leyendo una novela que en realidad es un extenso diálogo entre dos hermanas jubiladas viviendo un retiro acomodado en Río de Janeiro a mediados de los 80. Nada era más lejano a mi realidad y ningún tema que tocaran me parecía trascendente – ni siquiera interesante – sino más bien chismes y comentarios típicos de aquellas personas que no tienen nada más que hacer que transcurrir con el tiempo. Sin embargo algo tuvo que haber ocurrido, porque mi recuerdo, hoy, de esa novela es diametralmente opuesto a lo que les acabo de contar. Ya no me acuerdo de qué hablaban, de que chismes contaban ni cuáles eran las preocupaciones de esas dos hermanas. Ahora, con el tiempo como bruma de por medio, solo puedo recordar la sensación – de seguro bastante posterior a la lectura – que me dejó. Una sensación etérea de calma, posiblemente relacionada con la forma de vivir el tiempo que tienen Nidia y Luci y que a través de sus simpáticos y livianos diálogos, le transmiten al lector. El tiempo se detiene porque ya no hay donde ir. No hay fuga ni planes futuros. No hay un mañana diferente al hoy, lo que brinda esa sensación de un presente continuo tan gratificante.


Cae la noche Tropical

La flor en el barro. Entonces fuimos al estreno de Cae la noche tropical – por supuesto junto a L. – ya con la idea de dejar transcurrir tiempo entre la obra y mi escritura. Quería darle la oportunidad a aquella sensación que me había generado la novela hacía tanto años, de florecer nuevamente. Esto lo digo porque a pesar de la excelente escenografía – cuya magnitud sólo puede llevarse a cabo dentro del circuito oficial – y de las muy buenas actuaciones de Leonor Manso y de Ingrid Pelicori, un diálogo entre dos jubiladas no dejaría de ser eso mismo: un diálogo entre dos jubiladas. Así hoy, cuando me levanté, cuatro días después de haber visto la obra, súbitamente me volvió a asaltar aquella vieja sensación de haber entendido que acá, pero también en la novela, resulta mucho más importante lo que no se dice que lo que sí. Es paradójico que, para una obra de dos horas de duración en la que ambas hermanas hablan hasta por los codos, lo más importante sea aquello que no se dice ni se muestra. Así como alguna vez leí de Sartre que decía que en la música es tan importante el silencio como el sonido ya que no existiría la música sin el silencio entre cada una de las notas; lo mismo ocurre aquí, donde lo trascendente hay que poder rastrearlo entre una marea de charlatanería. Para encontrar lo importante hay que filtrar el ruido, como si fueran pepitas de oro extraídas del lecho de un río que tenemos que colar para verlas brillar, siendo ese colador, el paso del tiempo.

Es la tristeza la que se trae todos los males. Hace cuatro años murió mi abuelo y todavía no vi a mi abuela hacer el duelo culturalmente estereotipado. La vi llorar a cuentagotas y sin embargo también la vi renacer con un brío que de seguro no tenía ni en sus años mozos. La veo aferrarse a la familia y a los amigos que le quedan - quienes también van muriendo de tanto en tanto -. La veo reír y la veo hacer toda clase de actividades dentro y fuera de su casa. A la tristeza se la abraza y se la combate en partes iguales. La memoria y la compañía - la distracción - parecen ser las únicas armas que les quedan tanto a mi abuela como a estas hermanas para amenizar el paso del tiempo, por lo que cuando Nidia le dice esa frase a Luci, no pude más que pensar en mi propia experiencia familiar. La lucidez de los personajes de Pelicori y Manso, les permite sostenerse en forma mutua reviviendo y recreando el pasado, a la vez que se aferran a la historia de amor de su vecina para sublimar aquellos impulsos instintivos que aún se resisten a desaparecer de sus cuerpos. Para ellas el futuro ya no es un enigma y la muerte tampoco una enemiga. Así, la naturalidad de los diálogos ayudará a los espectadores a transitar toda esta obra hacia su final. Un final muy bello que, intuyo, es lo que finalmente nos permite salir con esa sensación de liviandad y con la poética idea de que a pesar de las dificultades y las pérdidas que entrañe todo camino, es ese mismo camino el que habrá justificado su (nuestra) propia existencia.

Hasta luego!

Escrito por Yako


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