Crónica


El amor al mito y el amor al timo

El viento escribe de Enrique Papatino por Yako

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Ir al Teatro Payró para una función de viernes en primer turno, genera una mezcla de sensaciones en forma de ensoñación, dentro de la cual, si uno no pertenece a ese universo, puede sentirse algo desorientado.


El fluir constante de autos que van y que vienen, los bocinazos, los hombres y mujeres serios con sus maletines y sus tacos de diez centímetros, comienzan a dar paso a bares que abren sus puertas, a turistas de ánimos más calmos que buscan recorrer el barrio más lindo de la Capital sin su ajetreo diario y a esos jóvenes trabajadores - oficinistas en su mayoría - que se conglomeran ya sin sus corbatas y con las camisas arremangadas, alrededor de cuanto lugar haya con buena cerveza y buena música. Entre las 18 y las 20, el Centro se transforma en un barrio after hour donde los empleados se juntan a hablar mal de sus jefes, donde se citan por primera vez el de la motomensajería y la recepcionista y donde se crean y diseminan los más variados rumores. La música puede escucharse de un bar al otro y la gente los recorre sin establecerse de manera fija en ninguno. Así, tomar algo en la calle o sentarse a comer de manera tranquila una wurst con cerveza alemana en Extrawurst puede convertirse en una tarea difícil. Con L. - quien venía directo del trabajo - nos costó un recorrido de media hora encontrar el lugar donde finalmente pasaríamos el tiempo hasta el inicio de la función.

Como todo estreno - en este caso de la segunda temporada - el hall de espera estaba abarrotado. Sin embargo, debido al pequeño tamaño del mismo, esto puede llevar a un engaño tal y como ocurrió quedando finalmente media sala vacía. Roberto Carnaghi como invitado, Enrique Dacal como director y Enrique Papatino como autor, se mezclaban entre las personas a la espera de que dieran sala. Cuando esto ocurrió, nos acomodamos en una de las filas del fondo y nos dispusimos a ver lo que seguramente termine siendo una de las mejores diez obras del año gracias a un muy sólido guión, una dirección excelente y unas actuaciones que no les van a la zaga.

La verdad no es una ciencia exacta.
Argumentalmente la trama resulta sencilla: Un coleccionista francés de cartas antiguas descubre una misiva que de alguna manera cambiaría el curso de la física moderna. Ya no sería Isaac Newton el pionero en el estudio de la gravedad con sus famosas Leyes de Gravitación Universal; sino que ese lugar pasaría a ocuparlo Blas Pascal - físico francés - que en unas cartas nunca descubiertas hasta el momento, alertaba a un joven Newton sobre la existencia de este fenómeno y lo alentaba a profundizar en él. Por supuesto, la trama continúa con la presentación de estas cartas al director de la Academia Francesa, quien más que contentarse, comienza a sospechar de su veracidad y a temer las consecuencias de este descubrimiento: por ejemplo un problema diplomático con Inglaterra. No vale la pena contar nada más sobre la trama en parte para no develar la historia, pero también en parte por no ser lo más importante la solución del conflicto. La historia de Papatino - como toda buena historia debería serlo - funciona más bien como una herramienta que nos permite -a través de la ficción- especular sobre cuestiones que son parte de la realidad en la que vivimos y que, por vernos inmersos en ella, muchas veces no distinguimos con claridad.


¿Cuánto hay en el mundo que se le adjudica a unos y es de otros?
El concepto de post-verdad - bien o mal entendido - lo ha invadido todo (TODO) hasta haber penetrado en la mente del último gaucho en el paraje más recóndito de nuestro país. Por supuesto, el problema no es sólo argentino con sus sus supuestos magnicidios y sus fotocopias, sino que es global y, como prueba, vemos personajes nefastos ocupar los más altos cargos en diversos países a los que sólo accedieron gracias a esta clase de distorsiones deliberadas de la realidad. Hay una frase que dice que "no hay peor mentira que una verdad dicha a medias" y así, hija de una época en que la verdad se encuentra herida de muerte, esta obra funciona como un fiel reflejo de ella. No puede uno moderarse de la mano de la pasión, responde el coleccionista cuando el Director lo inquiere acerca de porqué tanto interés en recolectar todos esos papeles que, para colmo, nunca fueron autentificados. Con esta respuesta lo que hace el sujeto es desnudar su talón de Aquiles y metafóricamente el del ciudadano promedio. Es esta pasión - amor u odio, lo mismo da - alimentada por el ego, los miedos y las emociones, la que lo (nos) enceguece y lo (nos) mantiene cautivo(s) impidiéndole(nos) ver el panorama completo y separar aquello que es verdad, de aquello que es media verdad, como de aquello que es totalmente falso. Son, en definitiva, las ganas de creer en ello las que dan veracidad a un objeto o una circunstancia mucho más allá de sus propias cualidades.

Sólo el viento dice la verdad.
Tal como dice el Director de la Academia en una de sus líneas finales: verosimilitud no es lo mismo que veracidad y quizá sea ahí donde puede encontrarse el quid de la cuestión. ¿Podría haber ocurrido "x" suceso? Sí, podría, pero ¿realmente ocurrió? Es cuestión de los investigadores del propio campo descubrirlo. Lo único que no debemos hacer como consumidores es aquello que finalmente hicieron con el pobre del coleccionista: condenarlo a creer en nada de lo que ve, pero sí en todo lo que no puede ver. Al fin y al cabo, nunca, pero nunca, pero nunca debemos olvidarnos que sólo el viento dice la verdad.

Hasta luego!



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El viento escribe

Escrito por Yako

Aguafuertes Teatrales por Yako

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