Reseña









Lo prohibido.Una moderna versión de Fedra en el Teatro San Martín

Fedra de Juan Mayorga por Laura Haimovichi

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Marcela Ferradás compone a una heroína de infinita tristeza y gran vigencia, acompañada por un elenco sólido y parejo en el que se destaca un sobresaliente Horacio Peña en el rol de la nodriza Enone.


Eros y Tánatos en guerra. En el devenir de Fedra, evoco a Roland Barthes: “… hay ese otro abrazo que es un enlazamiento inmóvil: estamos encantados, hechizados: estamos en el sueño, sin dormir; estamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento: es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito, es el retorno a la madre. En este incesto prorrogado, todo está entonces suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere: todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados.” Son los fragmentos de un discurso amoroso. Sucede en el teatro como en el amor, esa irrealidad de plenitud a la que vivimos aspirando. El deseo y su posibilidad de ser satisfecho, el combustible para el movimiento eterno, la ontología del arte. “Fedra es casi un nombre prohibido. Lleva consigo el adulterio y la culpa. ¿No será que en este mundo de hombres, donde la mujer también es una pertenencia –sobre todo si de pasión amorosa se trata- toda rebeldía y sublevación deberá ser cruelmente castigada?”, escribe el director Adrián Blanco en el programa de mano que se entrega a los espectadores en el acceso a la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín. E intenta responder esa pregunta con la puesta de 105 minutos en la que Marcela Ferradas, la actriz que lo eligió para conducir este proyecto, encarna a la heroína de la tragedia griega, en la versión dramatúrgica que el español Juan Mayorga recrea del texto de Eurípides. Pero, ¿hay respuesta a la pregunta de Blanco? Cuando el destino es un sentido impuesto por supuestos dioses, todo se cierra; pero si está en manos de los hombres, de su libre albedrío, las opciones para salir del laberinto son múltiples. Entre ellas, la libertad. Y el teatro es un ejercicio de libertad.

Fedra ha sido secuestrada por el que será su esposo, el guerrero Teseo. Durante la ausencia de éste, se enamora de su hijastro, Hipólito, un joven que ha quedado a cargo de la casa aunque elige alejarse de sus pares para la caza en el bosque. Ella está enferma de deseo, atormentada de pasión, pero la seducción no alcanza para que el incesto se consuma. Lucha interior entre la irracionalidad de la emoción y la frialdad del pensamiento. Y exterior, contra una sociedad patriarcal, de propietarios de las vidas ajenas. Lo que pueda hacer o no Fedra con esto, en esas particulares condiciones históricas, su comprensión, autocomprensión y acción, serán su praxis responsable.

El espacio casi exclusivo de Fedra es una cama móvil con la que entra y sale de escena. Es el lugar de sus pesadillas y sus anhelos, siempre conducido por seres sin nombre. Cerca suyo están la nodriza Enone, interpretada por un Horacio Peña sobresaliente en su sugerido género doble, que conoce los recovecos del alma de su ama y enhebra los hilos que bordan el conflicto. Acamante, hijo de Fedra, animado con solvencia por el joven Emilio Spaventa, es una pieza ecuánime dentro del juego de las relaciones. Marcela Ferradás compone a la heroína con una entrega superlativa, creando a una protagonista desesperada y tierna, atormentada y herida, desmesurada y visible en su esfuerzo por moderar sus sentimientos. Deriva de una aparición cuasi espectral hacia una mujer plena en su humanidad contradictoria. En el tiempo del mito donde todo es posible, Mayorga crea una Fedra de infinita tristeza. Hipólito, en tanto, es el arquetipo de la castidad extrema, destinatario de un amor que triangula con la figura de su padre. Lo despliega un intenso Francisco Prim que evoluciona de la misoginia a la amplitud del corazón. En cuanto a Teseo, interpretado por un sólido Marcelo D’Andrea, padece el dolor por la supuesta traición de su hijo a quien envía al destierro. Finalmente, Gastón Biagioni compone un dinámico Terámenes, el compañero de andanzas de Hipólito.

La escenografía y la musicalización resultan muy acertadas para acompañar la tensión dramática de la obra, en esta puesta porteña del autor de La paz perpetua y El cartógrafo. Las resonancias de la lucha de las mujeres contra el sistema patriarcal convierten esta versión de la tragedia clásica en un espectáculo inquietante y movilizador.



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Fedra

Escrito por Laura Haimovichi

Periodista y escritora. Fue editora de Espectáculos del diario Clarín y jefa de redacción de la Revista Genios. Es autora de los libros Broderí, De par en par, Agua en la luna, El legado de Aarón y Laetitia. Escribió la obra de teatro para niños Un beso de cuento. Escribió reseñas de teatro para el blog Todo Teatro.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.

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