Reseña

Mirada animal.

Estallidos emocionales que nos pertenecen, y no.

Gorila

de Mariana Cumbi Bustinza

por Luciano Crispi

Gorila

Algo está tenso. El clima de la sala invita a ponernos alerta mientras el resto del público se termina de acomodar en las butacas. Unos simios nos reciben: son simpáticos y también siniestros. Se enciende la luz, y el comienzo mismo de esta obra nos expone - sin rodeos - el desesperante conflicto ya instalado. Allí están sus desencontrados protagonistas angustiados, nerviosos, expectantes. La contundente “Gorila” apoya su narración en las destacables actuaciones de un elenco entero que logra darle verdad y continuidad a las numerosas escenas; las cuáles - con efectividad y duración cinematográfica - indican el vertiginoso recorrido que no tiene un orden temporal cronológico. Y ese rasgo es el que Mariana Cumbi Bustinza supo aprovechar logrando que la atención de quien observe esté todo el tiempo siendo testigo de estos personajes; esos mismos que fusionan, orgánicamente, rasgos estereotipados de clase y las sutilezas que cada actor encontró para su rol. Una dirección de Bustinza que arriesgó buscar profundidad en la brevedad y fragmentación. Y lo consiguió. El ir y venir de los días desarrolla dos tramas principales sin perder claridad, al mismo tiempo que exige de los actores un control preciso de sus intenciones y emociones. Pero los personajes no pueden ejercer ese control sobre ellos mismos. Y, cada vez, el salvajismo se hace más explícito: en la desesperación de una madre que sólo desea el progreso de su hija; en la intolerancia y asco de esa adolescente que disfruta al humillar a sus nuevos vecinos; en los celos de una esposa frontal y solidaria que no duda en “pararse de manos”; en la culpa que siente un buscavida asustado que intenta ser lo más tolerante que puede y valorado. Pareciera que sus vidas no les alcanza; y lo aspiracional es demasiado, aunque poderoso y motivador. Hasta sus cuerpos desbordan: por momentos descubrimos corporalizadas sus sensaciones o fantasías más íntimas.


Gorila

Es necesario mencionar la dinámica propuesta escenográfica de Agustín Addesso que acompaña certeramente la interpretación, modifica las distancias e interviene la visibilidad.

El ser humano es el eslabón evolucionado y con desarrollo racional que continuó al primate en la cadena evolutiva de las especies; pero al terminar de ver esta obra de teatro intuyo tímidamente que, quizás, somos más animales de lo que suponemos. Que los deseos y las represiones establecen una melodía de contrapunto que suele fallar, la explosión se vuelve inevitable, y el silencio puede ser eterno. Los prejuicios se convierten en juicios legitimando discursos de odio estigmatizantes que provocan nuevos prejuicios: un círculo rígido y sellado que posiblemente logre romper el amor. Y Mariana Bustinza propone, una vez más, que el amor es esa fuerza que cura cegueras, acerca rechazos y transforma lo inalterable.

Con una canción final que emociona, este espectador sale de la sala queriendo entender por qué algo sigue tenso si la historia terminó; el thriller psicológico de piezas desordenadas ya no es un enigma, y el domingo plomizo no apacigua la sensación que - de a poco y a medida que pasa el tiempo - se vuelve apenas comprensible. Algo está tenso aún. Y recuerdo a los primates que me recibieron, sus trajes y rostros. Y entiendo, finalmente, que a partir de ahora tengo que prestar(me) más atención: quizás llevo puesta mi máscara de gorila y no me di cuenta.

Escrito por Luciano Crispi


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.


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