Crónica


Ser o no ser. El superclásico teatral.

HAMLET de William Shakespeare por Yako

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Pienso en la relación de Shakespeare con el teatro y en la relación de Shakespeare con su opus magnum Hamlet. Pienso que tanto Shakespeare como el protagonista de su obra han rebasado los límites del teatro - aquello a lo que se dedica y aquello que es - para convertirse en iconos globales transversales a toda cultura.


Pienso que Shakespeare - así, sin su nombre, sin el William - se ha convertido en un sinónimo de civilización, así como Hamlet en un sinónimo de teatro. Pienso que desde su aparición hace algo más de 400 años el mundo ha cambiado de manera absoluta, pero Hamlet y su creador siguen ahí como un ancla inamovible, como ideas platónicas impolutas e inaccesibles, para recordarnos que la genialidad no conoce de épocas ni modas. Pienso en el “ser o no ser, esa es la cuestión” - en el apócrifo con la calavera en la mano o en el original, al inicio de uno de sus desoladores monólogos - homenajeado, copiado, parodiado, repetido hasta el infinito. Pienso en las más de 30 obras supuestamente escritas por este verdadero genio y como Hamlet se ha elevado junto con Romeo y Julieta por sobre el resto de todas ellas. Pienso también en la etimología de la palabra cultura - colere -, relacionada con el cultivo del alma pero inicialmente relacionada con el cultivo de la tierra y como debe haber sido aquella Inglaterra del 1600 post isabelina, previa a la Revolución Industrial y eminentemente campesina aunque en su cúspide militar, religiosa y cultural gracias a personajes como el mismísimo Shakespeare o Christopher Marlowe. En todo esto pienso y todo esto es lo que me embarga cuando voy con la moto a toda velocidad por Av. Del Libertador para asistir a una nueva (re)versión de este clásico de clásicos.

El Teatro San Martín, pero muy especialmente la sala Martín Coronado, es uno de esos pocos espacios que deben - repito - deben ser conocidos por todas aquellas personas que al menos tengan un mínimo interés por las artes escénicas. Junto al Colón - teatro al que, dicho sea de paso, ya es hora de cambiarle el nombre sino por el de alguna figura relevante de la cultura nacional, al menos por alguien que no haya comandado un genocidio - deben ser los dos espacios que más artistas de élite tanto nacionales como internacionales albergaron a lo largo de su historia. Así, ver Hamlet en esta ocasión es una doble experiencia: Por lo histórico que se hace palpable en el aire desde el ingreso mismo a la sala y por la tragedia que se desarrolla sobre el escenario. De todos modos advertencia: aquel que quiera ir a ver esta obra debe saber que su duración es de 3 horas incluidos dos intervalos de diez minutos cada uno.


Querer hacer una crónica en la cual contar algo relevante sobre una pieza como ésta, me parece una gesta inútil. Un desperdicio. Debería alcanzar con decir que Hamlet es Hamlet, que Shakespeare es Shakespeare o que quien la dirige es Rubén Szuchmacher, el director local shakespereano más reconocido de todos, para quien esta obra significa su cuarto trabajo sobre el dramaturgo inglés. Podría alcanzar, también, con decir que en el papel protagónico se encuentra un excelente Joaquín Furriel, actor que ya dio muestras de una gran versatilidad en papeles como el de Hermógenes Saldivar en la muy aplaudida película El Patrón (Radiografía de un crimen) o que representando al vil Claudio se encuentra Luis Ziembrowski, también protagonista junto a Furriel en la misma película. Debería alcanzar también hacer un pequeño repaso por algunas pocas frases de la decenas que vierten los personajes como pepitas de oro en medio de un bravío río y que se atascan en nuestra cabeza haciendo imposible liberarnos de ellas: “Un rey gordo y un flaco mendigo no son sino mesa variada, dos platos para un mismo mantel”, “Nada hay, a menos que así se piense, que sea bueno o malo”, “Eso que quisiéramos hacer, deberíamos hacerlo en el mismo momento de quererlo pues con el tiempo cambia ese quisiéramos y se retrasa, y queda amordazado tantas veces como pasa por labios, manos y otras circunstancias; y entonces se convierte en un deberíamos, que es como un suspiro gratuito que duele cuando se exhala” y tantísimas otras de igual o mayor profundidad que le han valido a Hamlet el lugar que ocupa dentro de la cultura occidental. Debería alcanzar con todo esto y, por tal motivo, no tengo mucho más que agregar.

Así, para quien nunca la haya visto, para el que quiera atravesar de nuevo la experiencia de esta fantástica obra o también para aquel que se haya perdido la exitosa versión del año pasado en el CC de la Cooperación con Antonio Grimau, Leonor Benedetto y Patricio Contreras como figuras estelares; el Teatro San Martín y su sala principal Martín Coronado ofrecen esta nueva oportunidad con otra excelente versión y un elenco plagado de sólidos actores.

Hipervínculo verbal: Luego de ver esta obra no dejen de ir a ver Ojalá las paredes gritaran. Una espectacular reversión de Hamlet dentro de un PH, a la cual tuve el gusto de hacerle cobertura el año pasado y a la cual considero la obra más relevante, provocadora y perturbadora de todo el circuito off en cartelera.


Hasta luego!



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HAMLET

Escrito por Yako

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