Reseña









Celos, envidias, rencor y odio.

Karamazov de César Brie por Laura Haimovichi

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Dice César Brie que el artista “es la persona que nos restituye algo. La vida es todo, el arte es sólo bello”. Y agrega que a través de la belleza, “se ilumina nuestra miseria”.


Es lo que sucede con su reciente versión teatral de Los hermanos Karamazov, que puso en el Galpón de Guevara, en Chacarita. Se trata de la monumental e intensa novela de Fedor Dostoievski, la última que escribió, llevada a la escena. Un mes antes de morir, en 1881, el narrador ruso le puso punto final al texto al que fueron a parar sus preocupaciones más profundas. Y lo hizo con una historia sobre el parricidio. O, para decirlo de otro modo: tomó el crimen en su doble aspecto: delictivo y ético (vaya temas) insertos en el seno de una familia de sólo hombres: Fiodor, el progenitor de los fraters Aliosha (el menor, símbolo de la religión), Iván( el siguiente, símbolo de la racionalidad ) y Dimitri (el primogénito, fascinado por la maldad) y de Smerdiakov, su hijo no reconocido.
Brie, nuestro artista contemporáneo, rescata en su Karamazov teatral el enfoque original del artista clásico Dostoievski sobre el mal y la moral (o deberíamos decir, mejor, las morales) para ofrecer un espectáculo hermoso.
Los celos, las envidias el rencor y el odio. Sentimientos humanos llevados al extremo y con efectos extremos, se ponen a jugar en una trama familiar, como en las mejores miniseries, pero más de un siglo antes.
Están las mujeres y están las tensiones. Katerina Ivanova, a quien Dimitri admira y adora aunque ella flirtea con Iván quien, a su vez, está loco por ella. Y está la atractiva Gruschenka, deseada por el padre y por Dimitri, también causa de disputa.

La muerte del padre hipócrita, lujurioso y alcohólico, hace recaer las sospechas sobre Iván, uno de sus hijos. “Todos somos culpables de la muerte del padre, dice Iván. Mitia, yo, Smerdiakov, todos vosotros, porque todos deseamos su muerte”. Y resuenan las narratologías de Occidente, los más arraigados tabúes y paradigmas, desde Moisés y Sófocles hasta Shakespeare y Freud. Entonces, en la obra, comienza el viaje a un pasado que permite comprender lo que se cuenta.

¿El procedimiento estético? Superponer lo cómico y lo trágico sin solución de continuidad. Algo que queda de manifiesto en la labor interpretativa del propio Brie como un padre exagerado e inverosímil que se devora a sus hijos, pretende a sus mujeres, amarroca sus bienes, niega el paso del tiempo y su inevitable deterioro.
“Lo que para la mente es una infamia para el corazón es una belleza. La belleza es un misterio y el campo de batalla es el corazón”, dice Dimitri, el mayor de los hermanos Karamasov, el que representa a la Rusia pretérita, el más complejo.
El también director, escenógrafo e iluminador residió muchos años en Holstebro, Dinamarca, adonde llegó exiliado y donde fundó con Iben Nagel Rassmusen el grupo Farfa, hijo dilecto del Tercer Teatro de Eugenio Barba. Fue además creador del Teatro de los Andes en Bolivia, entre otros conjuntos. Un vasto recorrido lo llevó en este trabajo a indagar sobre su religión de la infancia, el cristianismo de sus orígenes, bajo los vestidos del catolicismo.
La desilusión persistió “pero distingo mejor el dogma de las ideas sobre lo divino”, asegura este multitarget que regresó hace unos pocos años a la Argentina. “Dostoievski fue considerado al mismo tiempo un grandísimo artista y un conservador reaccionario que comprendió 70 años antes el horror que ocultaban las grandes utopías. Dostoievski anticipó el fracaso de los mitos de la salvación del hombre que no tenía como base el ejercicio de la piedad y del amor”, dice Cesar Brie, quien ya había puesto esta obra en su Banfield Teatro Ensamble, del sur del conurbano, con la compañía Emilia Romagna Teatro Fondazione, Teatro Stabile Publico.

Que las voces se escuchen naturalmente y no se haga uso de micrófono, como sucede en las grandes producciones comerciales (esta propuesta no lo es), es un plus que se agradece. Se destaca el intenso entrenamiento de los actores, como valorización del instrumento corporal y vocal a secas. El nivel de las actuaciones es parejo, se realza lo colectivo y brillan en todo momento distintas particularidades. La fe, el odio, el amor y la culpa se entrelazan en un conjunto coral, donde cada voz, cada físico, tienen su lugar y su dignidad.
La obra de Brie, como la fuente de la que emana, propone preguntas que no encuentran una única respuesta.
¿Y cuáles son los recursos? Movimientos cuasi coreográficos que destacan el relato escénico, uso de muñecos que representan la inocencia, el maltrato a la infancia y la esperanza en el mañana, la destreza física al servicio de una bienvenida vitalidad y una poética del hecho teatral. También una textura sonora en vivo, la homogeneidad cromática en el vestuario y escasos elementos de utilería para delimitar los espacios y permitir transiciones y desplazamientos sin obstáculos.

Los personajes son más o menos grotescos, irónicos, incluso ridículos y enfrentan al público con el espejo humano en el que se descubren víctimas y victimarios, piadosos y despiadados. Hay que dejarse llevar por la música, la gestualidad y la corporalidad de los actores para mecerse en la densidad de la puesta, en su arte, sin temor a la complejidad que el texto entraña. Y disfrutar de la entrega a la ofrenda total.



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Karamazov

Escrito por Laura Haimovichi

Periodista y escritora. Fue editora de Espectáculos del diario Clarín y jefa de redacción de la Revista Genios. Es autora de los libros Broderí, De par en par, Agua en la luna, El legado de Aarón y Laetitia. Escribió la obra de teatro para niños Un beso de cuento. Escribió reseñas de teatro para el blog Todo Teatro.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.

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