Crónica

LA BANALIDAD DEL VENDEDOR DE ENCAJES

Una obra en el Cervantes automáticamente me despierta interés. Sin embargo, esto puede revertirse si aquello que me espera, está escrito en forma de monólogo. Así y todo, una obra que intente acercar al público la sagaz concepción filosófica de Hanna Arendt sobre la Banalidad del Mal, merece ser vista por todo aquel que se pregunta cómo y por qué las masas actúan como lo hacen.

Las benévolas

de Jonathan Littell

por Yako

Las benévolas

Me obligo. Una vez más frente a la hoja en blanco. El temor de quien escribe. Pero por lo menos yo tengo materia prima. Tengo de qué hablar. Tengo que hablar de una obra, de Las Benévolas. Una obra extraña en un horario extraño. Miércoles a las 18hs. en el Cervantes. Por lo que salgo del trabajo - suspendo la clase quince minutos antes -, me subo a la moto y acelero por Libertador. Me veo rodeado de parques y frente al MNBA pienso cómo puede ser que Buenos Aires, quizá una de las capitales más relevantes del mundo, tenga tan pocos espacios verdes. Tan baja es la proporción incluso, como para ser la segunda peor de toda Latinoamérica sólo por sobre Lima. Grafico: La Organización Mundial para la Salud recomienda que cada habitante cuente - proporcionalmente - con una superficie de entre 10 y 15 metros cuadrados de espacio verde para vivir en un hábitat saludable. Buenos Aires, esta hermosa Ciudad de la Furia la cual habitamos, dispone de sólo 6,2. Somos cemento.

Una vez retiradas las entradas, me dispongo a esperar a L. Viene del trabajo y trae puesta ropa mía que le presté esta mañana. Un buzo azul que ni a mí me quedaría tan bien. La espero con una cerveza en la mano y disfrutando de los últimos rayos antes de que el sol se oculte detrás de los mastodónticos edificios. Somos cemento. Estamos en la sala Luisa Vehil y lo que intuyo pronto se volverá realidad. No me llevo bien con los monólogos y los unipersonales. Es difícil que no me aburran. En el teatro y en la vida real. La ausencia del Otro – aquello que lo niega – es lo que me deprime. En oposición es la polifonía en el teatro y en la vida aquello que me atrae. Sin embargo, frente a nosotros, un cuerpo en una silla. Está allí, quieto, desde que se da sala hasta que se sienta el último espectador. Es el personaje del Puma Goity y, a pesar de que no es un cuerpo en franca descomposición como el del personaje de Luis Machín en Mar de Noche, me recuerda a él. Max Aue – el personaje de Goity – es un ex integrante de las SS que se refugió en la Argentina como muchos otros nazis en el período inmediato de posguerra y su porte es digno de aquel personaje: recto y altivo, alto y de espalda ancha. De apariencia inquebrantable. También él es cemento. Sin embargo algo ocurre y comienza a resquebrajarse. El pasado lo persigue y él, a la vez que intenta huir del mismo, lo va recomponiendo para nosotros, los espectadores. Pero atención, porque el pasado del que busca huir no es el de agente de las SS, sino de otro. De hecho, es por este pasado por el cuál es acosado insistentemente por las Furias – o Benévolas, según la mitología que elijamos – reencarnadas en agentes de la GEOF. Pero, ¿por qué lo acosan sólo por este motivo del cual no quiero develar nada y no lo hacen por su pasado como colaborador nazi?


Las benévolas

La Banalidad del Mal. La obra pareciera estar pensada con el único fin de corporizar este concepto filosófico –una de las formas más originales para interpretar el funcionamiento de la maquinaria nazi – ofreciéndolo de manera didáctica a quien no estuviese familiarizado con él. Desarrollada por Hanna Arendt en su libro Eichmann en Jerusalem, esta idea piensa el rol de los nazis, o al menos de la gran mayoría de ellos, no como asesinos crueles o mentalmente enfermos, sino como simples burócratas que cumplían órdenes o funciones asignadas por sus superiores sin que jamás mediase la ética o la moral propia. De hecho, aunque parezca una teoría simplista, varios experimentos a lo largo del siglo XX la confirman. El más conocido de todos ellos fue el de Stanley Milgram. Para reforzar este concepto, el personaje es construido también como un sujeto banal cuya vida parece haber sido signada por un cúmulo de casualidades y causalidades. Sin embargo hay un problema y es ahí donde me quiero detener. Como fue dicho, las Furias – o Benévolas – no persiguen a Aue por su accionar durante la Guerra, sino por otra situación también de gravedad. Al actuar de esta manera, por omisión, parecieran, tanto ellas como el autor, avalar el discurso de defensa de Aue que no es otro más que el mismo utilizado por Adolf Eichmann durante su juicio y al que se remite Arendt. Semejante toma de posición sin el análisis profundo que merece tal concepto podría ser fácilmente malinterpretado. La contraparte argumental debería ser el mismo espectador, pero nada nos hace pensar que el espectador medio esté preparado para cumplir esa función.

Salimos del teatro y todo esto me da vueltas en la cabeza. Pienso si por ser judío, si por haber escuchado hablar de la Shoá infinitas veces, si por haber recibido una educación sólo desde el ángulo de la víctima, soy tan estricto con este tema. Pero me detengo en la esquina y miro una familia de indigentes, entre los que hay una niña, comiendo pedazos de pan conseguidos como limosna en algún lugar, mientras piden monedas a la gente que pasa a su lado sin prestarles la más mínima atención. Entonces me digo no, quizá no sea tan estricto. Les doy un billete de cinco y me dirijo a la moto donde L. ya me espera con el casco puesto.

Hasta luego!

Escrito por Yako


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.


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