Reseña









Peripecias en la construcción del gran coliseo argentino

LOS PASTICHIOTTI EN EL TEATRO COLON de Luis Mango por Laura Haimovichi

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Los Pastichiotti en el Teatro Colón cuenta en clave de tragicomedia las marchas y contramarchas de la obra arquitectónica.


Cuenta le leyenda que esa especialidad de la repostería rellena con ricota o crema de huevo, que se come caliente, mide alrededor de dos centímetros y medio y se conoce como pastichiotti es aquella que debía preparar en otros tiempos el hombre infiel. Sí, eso tenía que hacer al ser descubierto en su alevosía, para tratar de recuperar a la esposa.
“Devi farmie un pastichiotti”, decía ella. Es decir, “haceme un pastichiotti”.
Si el resultado era de agrado de la mujer, señalaba ese relato de la tradición oral italiana, las cosas continuaban como si nada. Si ocurría lo contrario, el marido era repudiado por todo el pueblo. El pastichiotti es un pastel dulce, muy dulce, de Apulia, la región sureña que forma el talón de la bota de la península. A estos lares, como tantas otras exquisiteces de allá y acullá, fue traído por los inmigrantes cuando bajaron de los barcos.
Es justamente de uno de esos hombres que cruzó el océano de quien se ocupa el espectáculo: Meano (interpretado con oficio por Mario Narciso), es el elegido por el actor, arquitecto, autor y director Luis Mango (el orden de sus profesiones es arbitrario, aunque releyendo resulta alfabético) para convertirse en criatura central de su primera obra como dramaturgo y director. El arquitecto Vittorio Meano, de Los Pastichiotti en el Colón, es el protagonista de esta pieza que vimos (viernes a las 23 horas) en el espacio Tromvarte, y que también tiene funciones los domingos a las 20, en el pequeño y simpático lugar del pasaje Santa Rosa con espacio para unas treinta personas.

La pieza de una hora y pocos minutos cuenta en clave de tragicomedia fragmentos de la vida del arquitecto italiano (1860-1904), responsable a fines del siglo diecinueve de la obra en construcción del Teatro Colón y ganador del concurso internacional de proyectos para erigir el Congreso de la Nación. En rigor de verdad, las obras para construir el magnífico coliseo se iniciaron en 1889 con un proyecto del compatriota y amigo de Meano, Francesco Tamburini (1846-1890), de quien era colaborador. Fueron continuadas con idas y venidas por don Vittorio a la muerte del jefe.

Aunque en el programa de mano se espoilea el desenlace, aquí no vamos a adelantarlo. Sí comentaremos algunas escenas desopilantes como aquella en la que los asistentes del arquitecto (Mango y su partenaire Leandro Puerta nos recuerdan a Laurel & Hardy, y justamente son ellos los que saborean la pastelería del título) reciben al funcionario municipal que deberá aprobar o desaprobar el diseño. En una suerte de risueña coreografía van presentando los planos del proyecto, con dibujos y maqueta ad hoc. O esa otra, didáctica y divertida como la anterior, en la que se explica de manera sencilla la serie de Fibonacci: 0,1,1,2,3,5,8,13, 21, una aproximación de la espiral áurea donde cada término es la suma de los dos anteriores.
Junto al trabajo de Mango están las manos y la creatividad complementaria de Juan Folino en la puesta y la iluminación y las de Ariel Barchilón en la supervisión de la dramaturgia.
Para tocar el arco completo de la emociones, una historia de amor con tercero incluido atraviesa la obra, aunque no es por aquí que se degustan los pasteles. Es la historia de Vittorio y Luigia (Lucía Tapiola, entre la levedad y la potencia), la bella compatriota de la que el arquitecto se ha enamorado en suelo natal y a la que ha traído con promesas de una vida soñada. Admiradora de la cantante lírica Regina Pacini (esposa del dandy que fuera presidente argentino, Marcelo T. de Alvear), Luigia quiere estar en los escenarios pero… siempre hay un pero o varios para que funcione el conflicto dramático.

Dos personajes más integran la escena: el tímido mayordomo (un mesurado Tato Bonorino, tal como lo pide el personaje) y el cantor de ópera Pablo Matallana que interpreta al funcionario y además, con maestría, las bellas arias -Nessum Dorma, Una furtiva lagrima, E lucevan le stelle- que hilvanan distintos momentos de la comedia que deviene drama.
De la risa al espanto, Los Pastichiotti en el Teatro Colón es de visión recomendada para arquitectos, debería ser obligatoria para estudiantes de arquitectura y sugerimos con énfasis para todos aquellos que aprecian la belleza y la historia del primer coliseo argentino.



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LOS PASTICHIOTTI EN EL TEATRO COLON

Escrito por Laura Haimovichi

Periodista y escritora. Fue editora de Espectáculos del diario Clarín y jefa de redacción de la Revista Genios. Es autora de los libros Broderí, De par en par, Agua en la luna, El legado de Aarón y Laetitia. Escribió la obra de teatro para niños Un beso de cuento. Escribió reseñas de teatro para el blog Todo Teatro.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.

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