Reseña

Los hermanos Montesco. Versión libre de Romeo y Julieta

de Juan Ignacio Acosta V.

Los Hermanos Montesco

de Juan Ignacio Acosta

por Marcos Koremblit

Los Hermanos Montesco

Esta obra que acaba de estrenarse en Patio de actores es una versión libre del drama shakespereano, recreada en 1.900 en el campo argentino y con la introducción de cambios en el guión que hacen de esta, una otra obra.

Como en el original si bien la historia se centra en la enemistad entre dos familias, aquí cobra dimensiones enormes: “del enfrentamiento de dos familias surgen tres amantes” nos advierte Mercucio al comenzar la obra y este el eje de esta maravillosa historia, otro Romeo y Julieta, con Pietro que hace las veces de tercero, pero que es en realidad un alter ego de Romeo.

En el baile de máscaras, (logro de Yanina Orieta,) Romeo insiste en ir a casa de los Capuleto; ira disfrazado “para ser todos iguales” lo que marca el gran tema en esta versión: la igualdad y la tolerancia hacia lo diferente.

Montescos y Capuletos son dos opuestos que se necesitan de manera complementaria para subsistir, “la sobrevivencia de una solo puede ser a partir de la otra”, remarca de manera inteligente el texto de Acosta V. Y esto puede hacernos pensar entre otras cosas la vigencia que tiene esta historia en nuestros días en que la extrema polarización de los opuestos nos hace creer que estamos viviendo en una sociedad que parece dividida, y sin embargo sería imposible la subsistencia unos sin los otros. Esto podría adaptarse al fenómeno ganadero (grupos manufactureros vs. cosecheros como en esta pieza), a dos modelos aparentemente inconciliables de país, a grupos sociales, y por supuesto ampliamente aplicable al terreno de la política actual.

Sin embargo este drama que precisamente está pensado y desarrollado para defender contra viento y marea el tema de la inclusión, va más allá de lo que podría comparativamente ser pensado como nimiedades mezquinas. “En los pueblos hay verdades que deben ocultarse” dice Pietro, (Agustin Maradei excelente en su papel), y veremos que estos ocultamientos no son sin consecuencia. El ocultado, escondido y negado es finalmente “quien despierta al pueblo” nos dice Mercucio (Santiago Garcia en una brillante interpretación). Y así nos enseña que es solo a partir de la inclusión que podemos pensar un nuevo modelo de sociedad. Y para demostrar esto los actores han realizado un trabajo sumamente comprometido durante largos meses de ensayos, producto muy bien logrado que se aprecia en escena, y dan consistencia a esta pieza con maestría, ejemplo de la conformación de un equipo liderado, en parte, por Ignacio Acosta V.


Los Hermanos Montesco

Y digo en parte porque las actuaciones de todos los actores resulta impecable, con un movimiento escénico sincronizado como piezas de relojería, con muy bien logradas entradas y salidas difíciles. Pero una mención especial merece “otro” líder del grupo. Me refiero a Pedro Molina, el hermoso “Romeo” de esta versión “cuya casa es la luna”, y con ella conversa. El trabajo que Acosta V. y todo el equipo han logrado para su verdadera “inclusión” en escena resulta un ejemplo conmovedor. Esta obra sería imposible sin su presencia que insisto, conmueve, capta la atención del espectador desde el inicio hasta el final, y no es sino por él que el argumento de la obra toma una dimensión distinta del original lo que la hace fuertemente emotiva. A partir de él, otros serán los destinos Montescos y Capuletos, otros serán los actores de la pieza, y otros serán los muertos que permitirán el nacimiento generacional de algo nuevo, una enseñanza para todos los que puedan acompañar y vibrar con esta puesta. Esta obra nos enseña precisamente lo peligroso que el odio puede resultar, y la urgente necesidad de tolerar lo diferente, lo cual vale para la Verona del 1.500, para 1.900 que es cuando esta versión tiene lugar, y parafraseando al maestro Discépolo, “en el 2017 también”.

La actuación de los 12 actores es de destacar. Todos interactúan de manera sincrónica, dando vida a personajes ya míticos pero reactualizados en el campo argentino. Además de los ya mencionados Molina, Maradei y Garcia, Lucia Ferrari como la dulce Julieta, hace una muy bien lograda caracterización actoral. Fernando Pardo y Facundo Ponce dan cuerpo a los padres de un modo creible. Pable Neville se luce como Benvolio, el Teobaldo de Pablo Scorcelli resulta muy bueno. Agustin Oberto es un Paris logrado en su papel de niño bien que viene de la ciudad al campo. Paola Medrano es una torturada Sra. Capuleto excelente en su papel. La nodriza protagonizado por Ana Gonzales resulta un personaje querible y entrañable, así como Cintia Avila en el papel de Cedrina. El grupo de bailarines logran coreografías muy adecuadas de la mano de Mariana Moschetto.

Gregorio Seva y Martin Carusi logran que la música es escena acompañe bellamente toda la obra cobrando especial importancia sobre el final por la fuerza que le imprimen en los momentos más potentes.

Y hablar de la dirección y dramaturgia de Juan Ignacio Acosta V. obliga a un acto de agradecimiento. Este talentoso que viene trabajando desde hace años en dramaturgia con chicos con Sindrome de Down en el grupo “Las ilusiones”, apuesta aquí a su inclusión como parte de un elenco que lo acompaña, cuida y del que finalmente forma parte. Es un verdadero ejemplo de “inclusión” en todo el sentido de la palabra.

Esta obra es una obligación verla por el nivel de compromiso que nos enseña, y del cual es difícil no salir emocionado y enamorado por la lección que de allí se extrae.

Escrito por Marcos Koremblit


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.


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