Crónica

EL SILENCIO Y LA FURIA

Como una adaptación audaz y creativa, el misterio que envuelve esta obra es casi tan vigorizante como el drama que se desarrolla dentro de ella. Una tragedia shakespeareana traída al presente en una hermosísima casona de Colegiales, donde Hamlet es un millenial que intenta lidiar con la ausencia física del padre, con la ausencia mental de la madre, pero con la presencia de un tío que ha pasado a ocupar por asalto el lugar vacante.

Ojalá las paredes gritaran

de Paola Lusardi

por Yako

Ojalá las paredes gritaran

Es de noche y L. llora hundida en mi pecho. Estamos parados en la esquina de Álvarez Thomas y Federico Lacroze iluminados por una luz blanca mortecina que se mezcla con el rojo y el amarillo, del mastodóntico McDonald’s que hay en la esquina y que es ya casi una institución para el barrio de Colegiales. Sin embargo, mientras que para algunos es su restaurante favorito, para mí no es más que un baño al paso que me sacó del apuro incontables veces. Entonces L. llora. Le pregunto si es por la obra que acabamos de ver y afirma con la cabeza. Que no sabe ni qué ni por qué, pero que algo se le movió ahí dentro. Lo primero que se me ocurre es que volvamos y que les mostremos a los actores sus lágrimas, que si ya no está llorando las guardamos en un frasco y se las llevamos. Que no puede haber mejor halago para un artista que captar en vivo la reacción frente a lo que muestra. Ahora se ríe y yo estoy contento de haberla hecho reír. Justo en ese momento el Uber me hace seña de luces y nos subimos.

Aclaremos. Cuando L. me dice “ahí dentro” hace referencia a una her-mo-sa casona al estilo PH, refaccionada y amueblada con una estética rústica exquisita en el barrio de Colegiales. Ahí dentro, justamente, lo que ocurre todos los sábados y domingos es uno de los acontecimientos teatrales del año. Movido por el boca en boca – las entradas sólo pueden conseguirse vía Facebook o WhatsApp – este suceso, que es mucho más que una obra, ha logrado inundar casi todo el circuito off con personas que no hacen otra cosa más que recomendarla. Y con cuánta razón! Si todo esto que les estoy diciendo les resulta más enigmático que los crímenes de la calle Morgue, permítanme explayarme. En algún lugar misterioso del cual más vale tampoco dar su dirección, se monta casi en secreto "Ojalá las paredes gritaran", una obra excelente con actuaciones descollantes, basada en la tragedia shakespeareana de Hamlet aunque aggiornada a nuestros días, donde Hamlet es un millenial de fuertes tendencias sociopáticas. Como ya dije, la experiencia que brinda este grupo desde que se compra la entrada y se ingresa a esa casa/teatro engloba la obra en su totalidad y la vuelve superadora.


Ojalá las paredes gritaran

Entonces, ¿Qué es lo que fui a ver? Un dramón. O más bien, como ya fue llamada: una tragedia. Hamlet es un adolescente inmanejable, un sujeto cuyo diagnóstico debería ser como mínimo el de un sociópata en estado avanzado. Vive con su madre Gertrudis y su tío Claudio, quien se casó con ella luego de que su propio hermano – el primer esposo de Gertrudis – muriera, convirtiéndose en el nuevo rey de la casa. Mientras que Gertrudis intenta sobrellevar la pérdida sumiéndose a sí misma bajo las órdenes de su nuevo marido pero también bajo el consumo de una ingente cantidad de vino; Hamlet parece no haberlo superado de ningún modo, lo que presumiblemente haya desatado esa locura que lo gobierna. En el medio, Polonio y Ofelia, tío y prima de Hamlet respectivamente, son a la vez testigos y víctimas del pandemónium que se desata en medio de esa pequeña reunión que pretendía reunir a la familia y ofrecerle a Hamlet la posibilidad de ingreso a un cargo dentro de la empresa familiar. Lo que ocurre a partir de acá es de una intensidad pocas veces vista sobre un escenario. Si bien nosotros como espectadores estamos sentados en la sala de estar, el uso de la casa es completo incluidas las escaleras, la cocina, el patio, el baño y hasta la calle. Si, Hamlet sale a la calle para ofrecernos uno más de sus desvariados monólogos desde la misma ventana de la casa ¿Qué pensaría cualquier transeúnte inoportuno? Imposible saberlo. Los personajes van y vienen, aparecen y desaparecen, se presentan ante nosotros en solitario o en conjunto ofreciéndonos un despliegue físico y emocional que en más de una ocasión nos deja atónitos por la crudeza explícita de lo que estamos presenciando. Algunas escenas escatológicas y otras de un altísimo voltaje sexual más allá de toda convención social, terminan de conformar un combo que no puede dejar a nadie indiferente de ese pequeño infierno filial del que como espectadores, somos testigos privilegiados.

Y las actuaciones. Brillantes. Todas y cada una. Incluso la del silencioso y fantasmagórico Horacio, mejor amigo de Hamlet, que se la pasa pululando por la casa a lo largo de toda la obra como un espectador secreto de todo el drama. La elección del casting es excepcional, haciendo hincapié, sobretodo, en el joven Julián Ponce Campos – de notable parecido físico a Esteban Lamothe – como Hamlet y en Martín Gallo como un Claudio que mientras va intentando preservar su reino que es esa nueva familia conquistada por medio de la violencia psicológica, toma una copa de vino detrás de otra, haciéndonos dudar – al menos a mí – si no será verdad que Gallo termina totalmente borracho al finalizar la obra. Es que resulta tan real lo que ocurre hasta los últimos quince minutos, que no puedo pensar que nada que hay allí pueda estar orquestado en función de mi ojo.

Por último me gustaría hablar de aquello sobre lo que no voy a escribir por haberme quedado corto de espacio y es el tema que, creo yo, es el centro en esta reconfiguración de la obra de Shakespeare: El silencio. El silencio que se teje alrededor de la muerte del padre y el silencio que elige la madre sumiéndose a la voluntad de este nuevo hombre y del alcohol. Es este silencio esta no-explicitación lo que creo yo vuelve a Hamlet loco. Porque como en la obra original, Hamlet intuye que algo está mal, su cabeza se lo indica aunque no lo sepa con certeza. Hamlet quiere que las paredes griten porque él no puede hacerlo. Es esta duda que crece desmedida en medio del silencio la que lo hace estallar. Pero también está ese otro silencio, el silencio de la familia que ve cómo el pequeño Hamlet se va trastornando hasta convertirse en un monstruo sin que nadie interceda, haciéndose todos los distraídos, como si el problema no existiera o peor: como si el mismo Hamlet no existiera. El silencio siempre es peligroso, sobre todo cuando se trata de nuestro pasado, aquel que nos identifica como individuos y como un presente que es un devenir natural del pasado. La búsqueda de la identidad, en este caso, vuelve a ser fundamental dejando en claro que el silencio es su peor enemigo.

Hasta luego!

Escrito por Yako


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.


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