Crónica









Una tragedia hecha comedia

Sobre "Othelo, termina mal" de William Shakespeare | Una crónica escrita por Yako

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Sobre "Othelo, termina mal" de William Shakespeare | Una crónica escrita por Yako

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El público estalla en risas y luego en aplausos. A un costadito está la foto de Shakespeare que parece observar todo complacidamente y en el centro los cuatro actores que sonríen y se ríen.


Hoy me siento a escribir frente a la computadora, con mi tereré a la derecha y algo de Eddie Vedder sonando de fondo y me siento como el cazador silente y paciente que, finalmente, logró capturar a su presa. Ocho temporadas merodeando los pastizales a mis alrededores, recibiendo elogios por su composición, su porte y su belleza y yo, cazador ingenuo, ocupado mi tiempo con otras presas de lo más variadas que día a día, mes a mes, prolongaban sin saberlo mi inevitable encuentro con este verdadero trofeo teatral. Sin embargo ha empezado el veinte-veinte o ¡mejor! han terminado el veinte-diecinueve, el veinte-dieciocho, el veinte-diecisiete… y esta nueva década parece haber comenzado de la manera más auspiciosa posible: Logré, por fin, concretar mi encuentro con el Othelo de Gabriel Chamé Buendía. En un país acostumbrado a las alegrías retaceadas y las sonrisas a cuentagotas, esta obra señores, esta obra señoras, es un verdadero milagro.

Es cierto que Othelo es Othelo y Shakespeare es Shakespeare, por lo cual no tiene mucho sentido que me inmiscuya en la trama. Ha de verse por lo que fue, es y será y no por lo que se pueda escribir humildemente en estas páginas. Solo aportar que esta obra sea, quizá, de entre todas las del gran dramaturgo, aquella que más conecta con nuestro propio presente: xenofobia, racismo, amor mal entendido, amor bien entendido, envidia y violencia de género son algunos de los temas que pueden desprenderse de su análisis. Pero, ¿qué es lo que fuimos a ver, exactamente? Una portentosa obra cómica con mucho de clown y de comedia física, con una lluvia de gags y una enorme batería de mecanismos tan aceitados como sólo ocho temporadas en el escenario pueden lograr. ¿Sorprende? Muchísimo… y es que la voz de Shakespeare se deja aparecer en toda su completitud. La trama es clara y los conflictos que se suceden poseen la misma intensidad que en la obra original pero todo en un tono que posiblemente haga que se desternillen en sus asientos. La cuarta pared se rompe constantemente y el uso de la metateatralidad está muy bien logrado, lo que rompe la diégesis y coloca al espectador en un lugar de extrañamiento continuo.

Mediando la obra, giro la cabeza y entre mis lágrimas por una risa que no puedo contener, la veo a ella, a L., disfrutar tanto como yo y me satisface. Para las comedias, ella es la crítica más estricta que conozco: no se conforma con poco, ni con el humor fácil. Sólo un buen corazón es capaz de hacerla reír y eso es justamente lo que a esta obra le sobra. (Por suerte) ya quedó en el olvido - espero - que por error la haya hecho llegar 3 horas antes de la función y que sospechando que fuera a pasar lo mismo que la última vez - casi nos descomponemos de calor en la función de Potestad -, la haya convencido de que no se traiga un abrigo para encontrarnos con que ahora el aire estaba a... ¡full!. Ella se ríe y yo me río con ella. Es que no hay otra manera. Allí arriba, frente nuestro, hay cuatro actores interpretando once personajes, que la sudan de lo lindo para ofrecernos esta hilarante versión de un clásico. Punto aparte para Martín López Carzolio en los interminables papeles de Rodrigo, Cassio, Emilia, Brabancio y Ludovico… uff. qué actitud la de este pibe, sobretodo en su interpretación de lo que seguramente ya sea uno de los borrachos más memorables de la escena teatral argentina.

El público estalla en risas y luego en aplausos. A un costadito está la foto de Shakespeare que parece observar todo complacidamente y en el centro los cuatro actores que sonríen y se ríen. Es que se nota que disfrutan tanto en el escenario haciendo reír al público, que no termina de quedar claro si son ellos o somos los espectadores quienes más nos divertimos durante las dos horas que dura la obra. Poder acercar a un potencial público estas versiones más desenfadadas y a la vez actualizadas en lo que a lenguaje y temática se refieren, pero sin faltar nunca el respeto al autor original, se debería transformar en una política. En el siglo XVII, Shakespeare ha logrado sondar y exponer con su inigualable sensibilidad, las zonas más oscuras del alma humana. Traigámoslo, adaptémoslo, mostrémoslo de manera que todo su aprendizaje no se pierda en el laberinto de un vocabulario complejo ni se cristalice en piezas repletas de solemnidad. Shakespeare para todes!

Hasta luego!



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Othelo, termina mal

Escrito por Yako

Aguafuertes Teatrales por Yako

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