Crónica









La familia según un sábado a las 3:30 de la tarde

Potestad de Eduardo "Tato" Pavlovsky por Yako

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Salimos de la sala y mientras volvemos caminando por la sombría y solitaria Corrientes nocturna, intuyo que lo que acabamos de ver es algo magistral. L. me dice que no recuerda una actuación que haya requerido semejante entrega, yo la miro y le digo que estoy de acuerdo, que pienso lo mismo... y que la oscuridad de la calle combina perfecto con lo profundo de sus ojos negros


Creo que de ahora en más, como el día de hoy, cada vez que haga 32° a la sombra, mi cabeza me va a llevar automáticamente a ese lugar y ese momento donde ví - con mis propios ojos - derretirse lentamente a María Onetto sobre el escenario.

La imagen que me dejó Potestad - la histórica pieza de Tato Pavlovsky que fuimos a ver el viernes con L. - no es la que debería a uno dejarle relacionada a la crudeza del relato, a esa búsqueda adrede del autor de humanizar al monstruo mientras deshumaniza a los demás, a los sentimientos que emergen cuando vemos estas obras tocar temas tan dolorosos para todos los argentinos democráticos, no. La imagen que me dejó Potestad - quizá por ser la única versión que ví hasta ahora - es la de una mujer parada sobre las tablas, sola, dando hasta lo que no tiene para representar aquello en lo que cree tan firmemente. Es ahí, en ese punto, donde se juega una verdad inexpugnable, en este caso actoral, pero que podría ser de cualquier otro tipo.

Así como Juan Rulfo nos contó hace algunas décadas sobre aquel lejano Llano en llamas, hoy lo que parece estar en llamas es una gran parte de nuestra querida latinoamérica haciendo que nuestro trabajo - el de aquellos que nos consideramos parte de un ideario progresista económico y cultural en el que se encuentran tanto el autor el gran Tato Pavlovsky, como el director Norman Briski y la actriz María Onetto - deba ser, hoy, de batalla. María se enfrenta en el escenario a un dificilísimo abanico de situaciones: Un texto canónico del teatro nacional, la soledad en un escenario que a priori resulta inmenso para las necesidades del guión, un estilo teatral prácticamente desconocido por estas tierras y completamente ajeno a la actriz como es el teatro Noh japonés, el hecho de que deba representar a un hombre militar retirado y, sobre todo, un calor asfixiante en la sala que se debió haber multiplicado por tres debajo de todas esas capas de ropas y de maquillaje que hacen a este tradicional estilo japonés. Es en estas francas batallas que se oponen a lo normal donde radica la fuerza de esta innovadora versión de la obra de Tato.

Un baterista que hace sonar sus baquetas primero contra la pared de la sala y luego por el piso del escenario, huye por el pasillo del medio y la sala queda en completo silencio por 15, 20, 30 segundos… quizá un poco más. Mientras la gente está expectante, el silencio se vuelve sonido y de repente una flauta indicio del código oriental. Intuir los códigos del teatro Noh según lo veo en escena se vuelve superfluo y me concentro en la historia: Un hombre de familia, macho como los de antes, parece haber perdido su lugar. Ya no puede jugar al rugby, su físico se deteriora al ritmo de la gravedad y los achaques de la edad se (lo) hacen notar. Su mujer ya no lo mira como antes. Corrijo, ya no lo mira. Concentrada en sus clases de inglés, se aísla del mundo que la rodea y de un marido expectante que espera como un perro de su dueña, una señal que le permita recuperar parte de ese macho perdido en los tiempos de la juventud. La única que parece notar su existencia es su hija, Adriana, que una vez por día abandona sus tareas para decirle algo así como papá, te adoro y entonces el nudo: un hombre que aparenta bastante desfachado toca a la puerta de la casa familiar para llevarse a la hija por diez minutos… La obra es una obra de contraposiciones: pone blanco sobre negro, apropiación sobre apropiación, una a la luz del día y rodeado de testigos y la otra en la más oscura de las soledades, una seguida muy probablemente de muerte y la otra de vida. El cuerpo de una bebé que luego fue joven, como el paño de juego de un destino que lejos de tirar los dados parece, por una vez, haber castigado a los malos pagándoles con la misma moneda. Porque si a la beba no hubo quien la llore, a la joven sí. A ella la lloran una madre y un padre que conocen muy bien eso que significa tomar algo que no es suyo para hacerlo pasar por propio.

La obra termina como terminan todas las obras, pero el desconocimiento del código nos hace a los espectadores aguardar unos quince o venite segundos para estar seguros de que lo que debemos hacer es aplaudir. La gente, por supuesto, aplaude. No todos los días se tiene la posibilidad de ver una obra tan audaz e incómoda para el espectador en la que se conjugan un gran guión, una brillante dirección y propuesta estética y semejante actuación sobre el escenario.

Hasta luego!



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Potestad

Escrito por Yako

Aguafuertes Teatrales por Yako

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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.

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