Crónica









EL MUNDO CABE EN UNA CARTERA

Pundonor de Andrea Garrote por Yako

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Gracias teatro, gracias Michel Foucault, gracias Andrea Garrote, gracias Rafael Spregelburd por brindarnos tan necesaria cachetada.


Imagino que la del sábado a la noche no debe haber sido la mejor cara que el bellísimo espacio Hasta Trilce podría ofrecer a sus visitantes ocasionales. Después de días de lluvia con una humedad que haría que hasta a los habitantes de Londres se le curvaran los huesos, el aire que podía respirarse ahí dentro era, cuanto menos, peculiar. Con las ventanas cerradas y sin la renovación necesaria de aire, espirales de vapor emergían de los cuerpos sudorosos en fila generando una neblina espesa que era difícil traspasar con la mirada. Todo esto amén de las decenas de goteras que se repartían por el salón aquí y allá generando un ambiente similar al del vecino criador de sapos en Delicatessen, la excelentísima película francesa dirigida en dupla por Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro.

La sala, espaciosa, está repleta. En el escenario vemos con L. una estructura de aula rústica, con un pizarrón verde chiquito y una mesa de madera que da la impresión de haber sido reparada en diversas ocasiones. L. me dice que le hace acordar a como eran las aulas del primario en su Campana natal y yo me imagino los campos yermos y los caballos atados frente a la puerta de ingreso a esa escuela. La veo a L. desensillando junto a sus hermanos, repletos de tierra e ingresando a través de una puerta de madera color oscuro entre desvencijada y olvidada. Por suerte, de regreso a esta sala, la humedad no es tan notoria y el tiempo que dure la obra se va a llevar a la perfección.

Entonces comienza: Andrea Garrote - dramaturga y protagonista de la obra - atraviesa la puerta como una docente más y se dispone a dar la clase. Un curso sobre Michel Foucault. Sin embargo desde el vamos nos queda claro que aquella no va a ser una clase normal, que hay un suceso previo que nos es vedado a los espectadores - al menos durante el inicio - pero que tanto docente como alumnos saben y comparten. Son este suceso y sus ramificaciones los ejes alrededor del cual va a girar toda la obra.
Por supuesto que la elección de Foucault no es azarosa. Esta profesora se va a servir de todos sus conocimientos acerca de la obra de este filósofo - uno de los más importantes del siglo XX - para hacer una catarsis a la vez que intentar desentrañar para sí misma y para sus alumnos el funcionamiento de la monstruosa maquinaria que la colocó en aquella posición tan indeseada en la que parece encontrarse. Habla de la imagen en la era de las selfies y habla también del disciplinamiento social. Habla de la ayuda que estigmatiza, de la sororidad mal concebida y de una corrección política que lo único que logró en los últimos setenta años fue convertir a las sociedades en un nuevo caldo de cultivo para exabruptos extremistas. Es, con todo, un masterclass acerca del saber, el poder del saber y el efecto que aquello genera en los sujetos, mediante la normalización institucionalizada de ese supuesto saber - todos temas que atraviesan la obra foucaulteana de cabo a rabo -. Así es que pienso que, al igual que Duolingo me dice que 34 horas de estudio en su plataforma equivalen a un semestre de estudio en un laboratorio de idiomas, esta obra podría equivaler al estudio concienzudo de, al menos, un fragmento muy importante de la obra de este genio - pelado y homosexual - del pensamiento contemporáneo.

La gente a nuestro alrededor se ríe y me dan ganas de reirme a mi también (hay varios y buenos pasos de comedia), pero la miro a L. que se mantiene imperturbable y entiendo - cómo entiende ella -, que lo que estamos haciendo es asistir al hundimiento trágico e irreversible, a la aniquilación total, de una vida que se está desmoronando allí frente a nosotros. Una vida que ha dedicado todo su tiempo y su mente a develar los mecanismos de los que ahora mismo se encuentra siendo víctima, casi como si hubiera sido una crónica de muerte anunciada.
Es imposible no sentirse interpelado, no hay forma. La empatía que se genera con el personaje proviene de entender que contándose ella en realidad nos está contando a nosotros, que desnudándose nos desnuda, que proponiéndose víctima de un sistema perverso que la moldea y la hace moldeadora, nos coloca a nosotros en su misma posición, que describiendo ese sistema que la marginaliza irremediablemente describe nuestra cotidianeidad… y entonces uno no sabe muy bien por qué pero aplaude, aplaude mucho, aplaude como casi nunca aplaudió ninguna obra, ni ninguna actriz. Un aplauso que se multiplica hasta llenar la sala y durar lo suficiente para que todos nos demos cuenta lo que está durando ese momento y así y todo no dejar de aplaudir. Andrea - o la profesora Claudia Perez Espinoza - entra y sale reiteradas veces para intentar recibir todos esos aplausos y lo hace y sonríe y saluda. Entonces, sí, las luces se encienden. Con L. salimos y por suerte sigue sin llover. Las goteras también amainaron. Nos espera una caminata de treinta cuadras a las que nos disponemos con sumo placer.

Gracias teatro, gracias Michel Foucault, gracias Andrea Garrote, gracias Rafael Spregelburd por brindarnos tan necesaria cachetada.

Hasta luego!



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Pundonor

Escrito por Yako

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