Crónica









Había una vez un circo

Un domingo de por Yako

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Cada tanto pasa. Obras como rumores, títulos que se mueven de boca en boca hasta multiplicar la cantidad de oídos. Un domingo podría ser el caso.


La espalda como toda prueba. L. camina hacia la puerta de salida sin siquiera voltear una vez para ver si le seguía el paso. Podría no haberla visto y seguir ordenando las cosas en mi butaca - que la campera, que la bufanda, que la botellita de cerveza, que la mochila, que… no es cómodo el teatro en invierno -, pero por suerte ahí estaba, detrás de ella, viéndola contornear esas caderas que tanto me enamoran. Cuando al terminar una función L. agarra sus cosas, se levanta y se dirige a la salida sin decirme siquiera una palabra, es una señal inequívoca de reprobación. Yo lo sé pero no lo entiendo, ¿cómo puede reprobar una obra como la que acabamos de ver?

Cada tanto pasa. Obras como rumores, títulos que se mueven de boca en boca hasta multiplicar la cantidad de oídos. Un domingo podría ser el caso. Si bien todavía lleva un corto recorrido sobre el escenario como para convertirse en un fenómeno off, tiene la potencialidad para serlo. Sus creadores y algunos de sus partícipes son los integrantes del proyecto MIGRA: Una cooperativa de siete personas que mezcla la carpa itinerante con el centro cultural y el circo con la educación, intentando extender las redes artísticas allí donde sean bien recibidas. De todos sus proyectos, esta obra que se exhibe en el Galpón de Guevara con rotundo éxito, es la que más parece acercarlos a un nutrido público porteño ávido de nuevas experiencias teatrales pero que no suele ver en la carpa circense un espacio legítimo de entretenimiento. Si el público no va al circo, el circo va al público.

Dos cosas se me cruzaron por la cabeza al ver esta obra donde preponderan la magia, la comedia y la expresión corporal: el musical de Richard O’Brien The Rocky Horror Picture Show y las primeras películas de Disney hasta Mary Poppins. A RHPS, las características de los personajes y el alto voltaje sexual: Un sujeto llega invitado a una mansión aparentemente aristocrática, aparentemente venida a menos, donde se ve enredado, a su pesar, en la dinámica de una familia totalmente disfuncional. Allí se bate a duelo con el histriónico y semidesnudo padre de familia por el amor de su hija, corre riesgo de morir envenenado, se involucra en una pelea entre todos los presentes - incluido el mayordomo - y forma parte de una extraña escena sexual con la cuñada de aquel mismo padre de familia quienes son a la vez amantes entre sí. Todo aparentemente sin quererlo ni buscarlo. En referencia a Mary Poppins, lo que me recuerda a ella, a las primeras películas de Disney y en cierta medida al slapstick y la comedia física es su propuesta estética: movimientos gráciles - en algunos casos exageradamente cómicos - desplegados con sincronización y belleza e interesantes coreografías que dotan de cierto halo de inocencia y poesía a la obra en su totalidad. Como en el circo, todo se mezcla con todo con total desparpajo consiguiendo un desarrollo rítmico basado en una buena banda sonora que podría asemejarse a un musical aunque sin canciones.

La gente estalla a nuestro alrededor. Si no fuera por el grupito de chicas que atrás nuestro ríen como hienas fumadas, lo estaría disfrutando aún más. L. no, claro, la liviandad no es algo que vaya con ella y eso es algo que me maravilla. La miro a mi lado, adusta, seria, mientras todos a nuestro alrededor miran el escenario entregados a la ficción y partiéndose de risa como si fueran niños frente a la tele viendo Alicia en el País de las Maravillas. Se mueve para un lado y para el otro, su mirada se torna impaciente. Gira para mirar a las hienas fumadas una, dos, hasta tres veces y pienso que en cualquier momento va a sacar un cuchillo. Pero yo no puedo dejar de mirar el escenario. Me hipnotizan esos cuerpos coordinadamente musicales. Me río. No es que me haya reído durante toda la obra - mi risa no es fácil - pero me río. L. me mira y no entiende. La miro y la beso. Estoy disfrutando y lamento que ella no. Le agarro la mano. Quiero sentir su contacto, pero también quiero asegurarme de que no les va a pegar una piña a las hienas de atrás. La obra termina y el aplauso es cerrado, cerradisimo. Transpirados, luego de tanto esfuerzo, los actores nos miran desde el escenario agradecidos por tan cálida devolución. L. se levanta y sin mirar atrás se dirige a la salida. Ojalá la próxima pueda ofrecerle algo mejor.

Hasta luego!



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Un domingo

Escrito por Yako

Aguafuertes Teatrales por Yako

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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.

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