Crónica


La shoá o el sinécdoque de la opresión

Un judío común y corriente de Charles Lewinsky por Yako

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1er imagen: Esquina de Fitz Roy y Nicaragua. Es sábado y son las 19:45. Llegamos con L. después de una caminata amena bajo un cielo estrellado. Al salir no esperaba semejante calor por lo cual la campera - aunque liviana - me hizo transpirar más de lo deseado. Una fila que empieza justo en la esquina, llega hasta la puerta del teatro casi media cuadra más adelante. Pregunto si todos están para Un judío común y corriente a lo que me responden con una afirmación.


2da imagen: Ya estamos sentados y una vez más le toca a L. lidiar con el exuberante pelaje de quien le toca adelante. Ofrezco cambiarle de lugar pero se niega. Dice que me da prioridad porque yo estoy ahí para trabajar. Intento explicarle que lo mío es más fantasía que realidad, pero no hay caso. De fondo se escucha vi nemt men a bisele mazl, una famosísima canción en Yddish que por algún motivo recuerdo como una especie de himno de mi infancia. Acaso estaré yo también atravesado por la Shoá. Le cuento a L. esta sensación que tengo, que me lleva casi hasta la emoción y se sorprende. Claro, explicar la incidencia del Yddish en mi vida, no es nada fácil. La canción se detiene, el telón se abre y aparece, soberbio, Gerardo Romano. El silencio se hace espeso, el aire se detiene y todas las miradas indudablemente se dirigen a esta tremenda figura en el escenario.

En su quinta temporada, no es nada sorprendente que una obra de semejante calibre y con un actor de la talla de Romano - quien alguna vez comentó que inexplicablemente (y por suerte) la obra fue rechazada por nueve actores antes de que le llegara a él - continúe siendo tan convocante. El espacio está muy bien ambientado. Sin dudas estamos en la casa de una suerte de intelectual entre los ´50 y los ´70. Efectivamente: Gerardo Romano - más bien su personaje - es un periodista de cierta distinción que vive y trabaja en Hamburgo, a mediados de los ´60. La trama - o la catarsis, como prefieran llamarla - da inicio con un mensaje en la contestadora de un profesor alemán goy, de una escuela secundaria goy, con alumnos goy, que lo invita, cuando le sea posible, a asistir a una clase y contar su experiencia del ser judío. Claro, el profesor dice nunca haber visto un judío de cerca - al igual que los alumnos - y al estar estudiando el nazismo, le parecía interesante que un judío fuera allí a disertar o a hablar o vaya uno a saber qué sobre sí mismo, sobre su pueblo o, de nuevo, vaya una a saber sobre qué. Este mensaje desata en el protagonista una necesidad - quizá reprimida, quizá inconsciente - de descargarse, de vaciarse, de gritar a los cuatro vientos, en la cara de los alemanes qué significa ser judío pero, sobre todo, qué significa ser judío en un país como Alemania a sólo 20 años de la rendición Nazi. Así, la obra transcurre en esta especie de monólogo catártico - tenso aunque con una alta cuota de humor - primero demostrando un gran enojo que, empero, muta conforme pasan las palabras hacia un sentimiento mucho más cercano a la nostalgia. Tanto así que, la postura firmemente tomada al inicio de la obra se ve completamente trastocada sobre el final de la misma.


Sin embargo, temiendo que el lector malentienda lo que estoy contando y piense en esta obra como una obra de nicho - como tantas otras que fui a ver y reseñé - en la que sólo el judío pueda captar la dimensión dramática de lo que ocurre en el escenario, me veo en la obligación de negarlo rotundamente. Esta obra es un caramelo, un must intelectual para todo aquel que tenga ganas de pasar un sábado a la noche y quizá algunos días posteriores también, rumiando una y otra vez las varias frases filosas, profundas e interesantes que vierte este personaje, este tremendo actor que es Gerardo Romano. Y digo esto porque en algún momento y quizá aún hoy fueran o sigan siendo los judíos una minoría mirada con desprecio aunque ya no sean oprimidos ni torturados ni asesinados; lo que ahora queda claro es que nunca fueron los únicos: Allá están los negros, los pueblos originarios, los pobres y las mujeres en su totalidad para recordarnos que siempre existieron las minorías - en términos de cantidad pero también de poder - sistemáticamente oprimidas y que aún hoy esa relación entre opresores y oprimidos que recorre la historia y que ha pervertido identidades de generaciones completas durante siglos en nombre de una superioridad inexistente y de unas diferencias que son muchas menos que las cosas que nos igualan sigue más vigente que nunca. Así, acá, en la obra, el personaje central - judío sobreviviente del holocausto - resulta intercambiable por un ejemplar de cualquier otra minoría obligándonos a repensar el mundo en el que vivimos pero, sobre todo, en el cual queremos vivir lo que hace de esta excelente pieza artística una obra destacable y recomendable.

Hasta luego!



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Un judío común y corriente

Escrito por Yako

Aguafuertes Teatrales por Yako

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