Crónica









La seguridad de no haber quemado las papas frítas

Un rincón en el mundo de Gastón Cocchiarale por Yako

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Espacio Polonia abrió las puertas para la segunda temporada de Un rincón en el mundo. Una obra que más allá de ciertas falencias debería ser de visión obligada para aquellos que disfrutan del teatro de buena calidad y comprometido con temas de la más candente actualidad.


Por gracia y desgracia, no deben ser muchas las obras - en cualquier formato - que logren movilizar al receptor de la manera que Un rincón en el mundo nos movilizó a L. y a mí. Debió haber sido extraño vernos a ambos atravesar de la mano, en un estoico silencio, las calles de Avenida Córdoba mientras a duras penas conteníamos las lágrimas y luchábamos por esbozar algún comentario que no nos quebrara la voz. Tiene que ser un logro de todos los componentes que hacen la obra que, a pesar de algunas serias fallas en los diálogos que los vuelven demasiado acartonados y explicativos - como si lo que se buscara fuera "bajar línea" - logren movilizar al espectador de la forma en la que lo hizo con nosotros. Por supuesto que haber ido con L., abogada especialista en temas de Género y Derechos Humanos, dotó a la obra de una dimensión extra que de todas maneras no le debería quitar ni una cuota de valor en sí mismo. Tanto así, que en retrospectiva creo que ambos llorábamos por cuestiones distintas: yo por lo tremendo que me parecía lo que acabábamos de ver y ella por lo poco tremendo que le parecía lo que acabábamos de ver. Esta intuición la confirmo con ella ahora mismo quien, parada atrás mío, me explica que a diario escucha casos que son mucho peores, pero que lamentablemente nunca hay nadie allí cerca para transformarlos en arte. Me desmorono y sin fuerzas me hundo lo suficiente como para no poder salir de este oscuro pozo de miseria ni siquiera con el uso de picos y crampones.

Para ser claros desde el principio, Un rincón en el mundo es una de esas obras que cada tanto aparecen en el off y lentamente se van transformando con el correr de las funciones desde un murmullo lejano a una ola imparable de cuya recomendación, nadie que frecuente el ambiente, puede quedar exento. Para muestra basta un botón: cuando fuimos - primer función de su segunda temporada en el Espacio Polonia - la sala estaba completamente llena. Una familia de pueblo disfuncional, cuyos integrantes representan el cartón lleno de los conflictuados, son el andamiaje a través del cual el autor veinteañero Gastón Cocchiarale nos propone pensar en varias cuestiones relacionadas de una u otra manera con la autoaceptación y el quiebre interno que significa superar el miedo al que dirán. De estos conflictos el que recibe mayor atención -siendo la columna vertebral de la obra- es el de Barby, la hermana menor, quien es acusada de intento de homicidio contra su esposo y sale de la cárcel bajo fianza gracias al aporte de un tío algo sordo. Con su libertad se llevará a cabo una reunión algo postergada entre las tres hermanas en la misma casa de pueblo en la que seguramente alguna vez vivieron juntas y donde saldrán a la luz viejas rencillas nunca resueltas, mientras intentan sonsacarle a la menor el motivo de su accionar.

Hasta acá la trama. No creo que valga la pena develar mucho más porque la tensión resulta creciente y revelar, por ejemplo, cualquiera de los secretos escondidos por ellas, podría resultar perjudicial para el espectador. Pero sí, quizá, detenerme en el conflicto central de la obra que creo yo, resulta el punto más destacable de una obra que de manera temeraria busca abarcar demasiado. La posición ambigua de Barby frente su internado esposo resulta ser, en cierta forma, de comprensión e incluso de compasión. No en vano, en principio, frente a la omnipresente pregunta por los motivos que la llevaron a dispararle, responde escuetamente que porque me miraba mal. Elije protegerlo, aunque sin correrlo del todo del centro de la escena, manteniendolo como el ejecutor de una acción que en ella resultó desestabilizadora. Podría haber dicho que él no hizo nada, que él era lo más bueno que había y sin embargo dijo que la miró mal. De todos modos, ¿quién se atrevería a decir que en cierto contexto una mala mirada no podría lastimar lo mismo que un puño o que un insulto? Esta visión sesgada, dubitativa, ambigua que a veces tiene la víctima de violencia de género sobre el victimario, lamentablemente resulta uno de los escollos más difíciles de superar tanto para aquellos que desean ayudar como para la víctima misma. La violencia ejercida por tiempo sostenido, tanto física como psicológica, puede generar en la víctima la sensación de ser culpable y de merecer el maltrato recibido tal y como ocurre en la obra. Así, este retrato que hace el autor sobre el comportamiento de la víctima, me resulta sumamamente verosímil y por lo tanto destacable. Hará falta mucho esfuerzo por parte de quienes la rodean para sacar afuera aquella que ella guarda tan intensamente y que cuando lo haga será en forma de un monólogo demoledor al que resultará muy difícil asistir sin derramar alguna lágrima.

Hasta luego!



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Un rincón en el mundo

Escrito por Yako

Aguafuertes Teatrales por Yako

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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de deTeatro.

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